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El gobierno peronista 1973-1976: los montoneros (tercera parte) PDF Imprimir E-Mail
escrito por Norberto Ivancich y Mario Wainfeld   

Publicado en  Revista Unidos, Año 3, Nº 7/8, diciembre de 1985, reeditado en CUADERNOS ARGENTINA RECIENTE, Nº 2, junio de 2006.

¿Cuál es el balance de la experiencia montonera? ¿Expresión de una época o puro voluntarismo? ¿Proceso de masas o soberbia elitista? Con esta tercera entrega los autores culminan el análisis de los Montoneros, formulando sus conclusiones sobre este fenómeno político de tanta gravitación en la década del setenta.

La pérdida de fuerzas propias

El crecimiento de la tendencia se debió -en buena medida- a su definición como integrante del Movimiento Peronista, brindando elementos a su conducción. No es de extrañar, entonces, que su creciente antagonismo con Perón determinase pérdida de adhesiones. En ese sentido, puede hablarse de un relativo desgaste de fuerzas propias que comenzó a manifestarse en especial a partir de la muerte de Rucci.

El enfrentamiento entre Perón y la conducción de la tendencia llevó a algunos de sus miembros (quienes habían ayudado a construir su poder) a reafirmar el rescate de Perón por encima del de la instancia organizativa que los encuadraba. En rigor, la expresión “fuerzas propias” debe relativizarse: quienes se apartaban lo hacían porque habían avalado a Montoneros como parte de una propuesta global de Perón, no aceptándolos como una fuerza autónoma u opuesta a la del líder del movimiento.

Contribuyó a este proceso el creciente centralismo de la organización que rompió con la sensación de participación política que habían tenido sus militantes hasta septiembre u octubre de 1973: la falta de participación en la elaboración de la línea política; los choques crecientes con Perón; las discutibles (y no discutidas) decisiones políticas y militares adoptadas en ese período y la unión con las FAR fueron causas desencadenantes de diversas rupturas.De todas formas debe dejarse en claro que este proceso no afectó sensiblemente el causal cuantitativo de militantes de la tendencia que hasta su pase a la clandestinidad conservaría su hegemonía en este aspecto.

Las entrevistas con Perón

Merecen un tratamiento especial los documentos internos que empezaron a circular y las entrevistas de los nucleamientos juveniles con Perón. La primera entrevista se realizó en la residencia de Gaspar Campos el 8 de septiembre de 1973.

Concurrieron a ella la mayoría de los grupos genéricamente juveniles: Montoneros, FAR, FAP 17 de Octubre, JP Regionales, UES, JUP, CNU, Guardia de Hierro, JSP, etc. El tema eje fue la organización de la JP. En la extensa entrevista Perón, además, avanzó sobre aspectos vinculados con el accionar de la tendencia, pero sin definirla como protagonista de los hechos: “¿con qué hacíamos la guerra civil? No hay que hacerse ilusiones, eso se hace con realidades” (...) “atacan a la organización sindical” (...) “sé que algunos muchachos de la juventud no están de acuerdo con la fórmula que ha salido, pero ha salido de un congreso.” “Hay algunos que se apuran y no comprenden que hay que andar con cuidado” (…) “la inorganicidad lleva a cualquier infiltración o desviación”. “Nosotros preferimos usar el tiempo”. “Son como los locos, todos los días empezando una cosa nueva”, “... la política es así”. “Se necesita ductilidad, tolerancia”. “Ustedes todos los demás valores que quieran, pero la experiencia se la tenemos que dar nosotros”. “La juventud que generalmente es impaciente, normalmente es impaciente, es la que más debe acopiar paciencia” (…) “no jugarse en una aventura generacional y que puede conducir a un desastre” (…) “el sistema no se 'cambia'”. “El sistema va a resultar cambiado cuando las estructuras que lo conforman y lo desenvuelven se hayan modificado”. “Hay un solo camino... que es la legislación”. “Cuando se acuerden el sistema va a estar totalmente cambiado. Para nosotros, ése es el camino”. “Muchos de ustedes han sufrido”. “Algunos muchachos creen que no se está haciendo nada”. “Porque si no estamos con los yanquis, tampoco con el marxismo”. “Todas estas cosas que han ocurrido dentro de la juventud hay que borrarlas y llegar a hacer una organización, donde para un hombre de esta generación no haya mejor que otro hombre de esta generación”. “Organizados podrán discutir las decisiones, y ganarlas algunas veces”.

La intención de Perón era clara: controlar el accionar de la tendencia diluyéndola en una organización global de Juventud Peronista con tareas propias del sector (“clubes” y un “Ministerio de la Juventud”). La subordinación a su poder político era el eje de esta convocatoria. La definición de la pertenencia al Movimiento para Perón fue siempre una decisión política, no ideológica; ser peronista era reconocer una propuesta nacional con una conducción política definida. Por su amplitud, la convocatoria necesariamente era heterogénea, pero esa heterogeneidad estaba subordinada a una conducción política única. La organización significaba entonces articulación con la conducción y esa era lo que le hacía afirmar: “Ustedes están desorganizados”.

Los argumentos de Firmenich en la reunión fueron dos: 1) “... el objetivo fundamental debe ser la organización definitiva de la juventud a través de la elección de las bases”, y 2) “... comprender el proyecto que usted está conduciendo y trabajar en función de lograr la unidad representativa”. “Elección de las bases” y “unidad representativa” significaba poner como eje la lucha interna con los otros sectores juveniles (“los que se ponen baja su dedo”); con respecto a Perón, le contestaba que “comprendía” su proyecto. ¿O era que lo interpretaban? Como siempre evitaron toda precisión ante el tema de la conducción. Pero Perón no: “las masas no valen por su número, no, no. Valen por la clase de dirigentes que tienen al frente”. Ni lo conversado en esta reunión ni en la siguiente varió la política de los montoneros, quienes siguieron avanzando en las definiciones ideológicas. 

Los “documentos”

En el período surgieron dos textos que influirían en la relación con Perón y en la redefinición de las fuerzas propias: 1) una conferencia de Firmenich con los diversos ''frentes'', que fue mimeografiada y distribuida profusamente y 2) un extenso documento, suerte de definición de la propia identidad, conocida como “la Biblia”. Este fue menos difundido pero no menos conocido en sus contenidos ideológicos.

La charla con los “frentes” revelaba la intención de personalizar una conducción, conducta que, paralelamente, adoptaban otras “orgas” del peronismo (Guardia de Hierra, Encuadramiento, C. de O., que se caracterizaban por conducciones personales muy definidas). El personalismo enfatizaba la centralización de las decisiones y acciones políticas y reforzaba el intento de generar un liderazgo, realizado en el acto de Atlanta del 22/8/73. A su vez, el documento “fundacional” propendía a la homogeinización ideológica (otra forma de centralización). Al encerrarse en una identidad definida se asumía el riesgo de perder militantes y adherentes pero se ganaba la coherencia necesaria para acentuar el enfrentamiento con Perón.

Sintetizaremos ambos documentos, de manera muy general, ya que nos basamos en la memoria de la repercusión periodística y militante que tuvieron en su momento. 1) Evaluación de la situación política argentina: Señalaban: a) la presencia del imperialismo yanki en el Cono Sur, practicando un “cerco sanitario” a la Argentina. b) el avance del peronismo de derecha y de la infiltración de derecha en el movimiento (que contaba con acuerdo tácito de Perón) y el consiguiente retroceso de la perspectiva de organización popular que se había abierto durante la presidencia de Cámpora; c) la pérdida del consenso tácito con que contaba el gobierno ya que su sectarización rompía el frente nacional que había triunfado en las elecciones del 11 de marzo de 1973. Como corolario de ese cuadro de situación proponían revitalizar la “organización” que debía retomar la reconstrucción del Frente de Liberación Nacional. 2) Enunciados ideológicos: Se adoptaba el marxismo como “método de análisis” de la realidad pero se lo rechazaba como “política y filosofía” (sic). Se lo consideraba una herramienta teórica para interpretar la realidad pero se descartaban sus objetivos finales (¿el comunismo?), sus presupuestos filosóficos (el materialismo) y como modelo de organización política.

Esta incongruencia desembocaba en un ideologismo apto para convalidar cualquier práctica política. Más que un método riguroso, conseguían una llave que abría todas las puertas, creando una mística del “triunfo final” útil para etapas de crisis o de contradicciones. Refugiarse en esa difusa metodología implicaba rehuir la discusión responsable de su ambigua política. Firmenich decía que en política había que optar por el gris y no por el blanco o el negro. La reflexión puede compartirse: la realidad política a menudo obliga a elegir los grises. Pero el supuesto gris de Firmenich no existía: en la práctica optaba por el blanco o el negro; justificando siempre su obrar mediante un uso simplista de la “herramienta científica”. El “gris” era apenas una mezcla de los más esquemáticos manuales de marxismo (como el de Marta Harnecker que circulaba en medios políticos y en la Universidad) con un lenguaje foquista y un accionar militar. Mezcla por cierto incongruente pero sin duda explosiva. 

La segunda entrevista

Así lo entendía Perón y así lo expresó en la segunda entrevista, realizada el 7 de febrero de 1974 en la residencia de Olivos. Su tono y su actitud difirieron de los que caracterizaron a la anterior entrevista. Ya no aceptó hablar “sobre generalidades”; mencionó la existencia de “infiltración”. Aludió a su falta de sectarismo, criticando por implicancia el de los montoneros. Cuestionó la política secreta: “gritamos las mismas cosas aun cuando no tenemos las mismas intenciones. No interesa lo que se grite, interesa lo que se siente y lo que se piensa y también lo que se hace que no siempre es confesable (…) es una falta de ética política que se metan diciendo ‘Viva Perón’ y están pensando ‘que se muera Perón’...”.

Perón diferenció tres niveles de militantes: 1) “muchos de ellos no saben lo que piensa o lo que es el Justicialismo y -al no saberlo- se saldrán de él porque no se dan cuenta”; 2) “muchos otros lo hacen inconfesablemente con una finalidad distinta a la nuestra y 3) en todas las fracciones políticas siempre existen los que con gran propiedad se los ha llamado ‘idiotas útiles’ que... se incorporan detrás de una tendencia que a lo mejor es totalmente inversa de lo que ellos quieren. Son idiotas”. Agregó luego: “Al que va engañado y al que va con una segunda finalidad no hay que organizarlos, a esos hay que dejarlos que sigan así como están hasta que se vayan (...) si nosotros pensamos que esos dirigentes pueden ser de otra tendencia y no del Justicialismo, no puede haber para nosotros peores dirigentes”. Dijo, además, en clara alusión a los montoneros y a los “documentos”: “han tenido hasta la imprudencia de comunicar abiertamente lo que ellos son y lo que quieren. Lo venimos viendo. Tengo todos los documentos y, además, los he estudiado. Bueno, esos son cualquier cosa menos justicialistas...”. Terminó diciendo: “para la próxima reunión piensen (...) en quién es quién. Eso es lo que necesitamos saber (...) yo me quedo con el que está con cinco y no con el que tiene cinco mil”.

El enfrentamiento estaba por llegar. La siguiente reunión se programó para una semana después. La conducción montonera decidió no asistir, abandonando el ámbito de discusión con Perón. Las argumentaciones internas fueron: 1) asistir era convalidar grupos irrepresentativos o manifiestamente gorilas; 2) existía el riesgo de que Perón repitiera lo hecho con los diputados de JP: televisar la reunión; 3) al concurrir en inferioridad numérica ante otros grupos se asumía el riesgo de ser echados por éstos; 4) tenían la certeza de que Perón iba a esgrimir los antecedentes comunistas (PC) de Quieto para desprestigiarlo.

El 14 de febrero Perón habló de “su revolución” que -enfatizó- era pacífica, analizando las etapas de toda revolución, destacó que la peronista atravesaba su etapa dogmática en la que “el peligro está (...) en que esa masa sea engañada porque eso no puede ser aceptado en una revolución”. “Tenemos el consenso público. ¿Cómo van a poder perturbarnos los que fuera del Movimiento están tratando de pelear y matar gente o los que dentro de él están procurando también servir a esos en sus objetivos totalmente inconfesables? Esos hechos o esas excrecencias suceden en todas partes y en todas las revoluciones”.

En la charla de septiembre había indicado a Esquer, jefe de su custodia, como su nexo para la reorganización de la Juventud. En su peculiar estilo, quería demostrar que asumía personalmente la tarea. En febrero derivó esa misión al Consejo Superior que “tendrá la responsabilidad de decirles sí o no, porque las dos cosas podrá decir”. Perón se desprendía de la reorganización aduciendo que “desgraciadamente mi oficio no me da mucho tiempo”.No hubo otras charlas con nucleamientos juveniles peronistas. Sí una con las juventudes del Frejuli (incluida la tendencia) antes del acto del 1º de mayo. Posteriormente, Perón disolvió la rama juvenil. 

Desprendimientos. La JP Lealtad

Podemos distinguir elementos significativos de esta etapa: 1) tanto Perón como la conducción montonera plantean coexistir dentro del movimiento; 2) la relación entre ambos es deteriorada por el accionar militar de los montoneros que no es asumido públicamente sino que forma parte de su política secreta; 3) Perón convoca a la unidad política -la defensa de su sistema- como elemento fundamental para la reorganización juvenil. En la práctica esto significaba una discriminación para la tendencia, pues desconocía su carácter hegemónico pero; 4) recupera y valora su aporte y el de algunos de sus integrantes: “a la juventud la queremos toda y a todos. Sabemos el mérito que tienen en el trabajo y en la lucha que han realizado (...) Eso ya está en la historia. Hay héroes y mártires que es lo que se puede necesitar en esta clase de lucha. Pero eso ha sido en la lucha cruenta que ya ha pasado (...) Ya pasó esa etapa, ya no hay pelea en el país (...) hemos fijado nuestros objetivos”.

Perón valoraba la historia de los montoneros y la diferenciaba de su praxis política de 1973 y 1974. Este planteo de Perón tuvo respuesta favorable en sectores internos de la tendencia, de la que se desprendieron núcleos de militantes dispuestos a apoyarlo. El primero fue la “columna Gervasio de Artigas” de la provincia de Buenos Aires que, mediante un extenso documento, hizo públicas sus diferencias ideológicas y políticas con la conducción montonera. La siguieron miembros de la Juventud Trabajadora Peronista que constituyeron una Mesa Provisoria opuesta a la que adscribía al oficialismo montonero.La no concurrencia a la entrevista con Perón del 14 de febrero, fue el acontecimiento que suscitó mayores rupturas. Se la consideró un desconocimiento de la conducción y del consenso que encarnaba Perón, producto de una errónea evaluación de la correlación de fuerzas. De resultas de estas nuevas rupturas surgieron la JP -Lealtad, la JUP Lealtad, la UES leal y la organización “Montoneros Soldados de Perón” junto con multiplicidad de JP del interior que rechazaron las conducciones zonales de la JP-Regionales. La “Lealtad” no fue ni el primero ni el único desgajamiento de la tendencia pero sí el único que intentó dar una respuesta a la encrucijada política rescatando el proyecto de Perón por considerarlo más abarcador, social y políticamente.

La “Lealtad” rescató el pasado de lucha de los Montoneros. Sus consignas básicas fueron: movilización y participación popular. Esta búsqueda de síntesis le permitió concitar adhesiones de militantes no provenientes de la tendencia que compartían esas consignas y que repudiaban las actitudes de los cenáculos de la derecha peronista.

La Lealtad procuraba no ser un elemento inerte, sino articular su propio crecimiento y desarrollo con el proyecto de Perón. De ahí la elección del término “lealtad” y no de “verticalidad”. Se compartía el proyecto lo que no era lo mismo que acatarlo ciegamente.

Sin embargo, diversas circunstancias obstaron a que constituyera una propuesta clara: 1) sus limitaciones de origen: la “lealtad” nació como negación a una política, lo que no determina por sí coincidencia en una alternativa superadora. Buena parte del accionar de la “lealtad” se orientó a la crítica y al ataque a la tendencia1. Aunque las críticas fueran válidas, el discurso resultaba meramente negativo: predominaba el reproche al “otro” y no la propuesta; 2) la práctica política del propio gobierno de Perón (y luego el de Isabel) tornaba inviable la posibilidad de un espacio político caracterizado por las consignas de la “Lealtad”.

En el aspecto organizativo, la “Lealtad” tendió a recuperar el nivel de horizontalidad entre militantes que -hasta el surgimiento de la tendencia- había caracterizado a los grupos más consecuentes y combativos de la Juventud Peronista. De todos modos, sus integrantes adoptaron prácticas diversas: a) algunos se ligaron a las corrientes sindicales más comprometidas con el Pacto Social; b) otros (seguramente como réplica a la praxis de la tendencia) se negaron a articular cualquier instancia organizativa (criticada por “aparatística”). Sus propuestas eran las “coordinadoras de militantes” o la “Asamblea permanente”; c) los que reafirmaban la necesidad de instancias jerarquizadas de discusión y decisión que no significaban necesariamente la existencia de una sigla identificatoria y d) los que pretendieron calcar los esquemas organizativos de la tendencia.

Esta heterogeneidad se vio agravada por la polémica suscitada respecto de la forma organizativa. El debate entre “asamblea” y “aparato” se suscitó recurrentemente dividiendo y postergando otros temas. De hecho se trata de un debate que se ha prolongado en toda la militancia peronista hasta nuestros días.La “lealtad” no pudo constituirse en alternativa de poder; a) por sus limitaciones de origen; b) porque no consiguió eclipsar el número de militantes de la tendencia; c) por las discusiones que la paralizaron y también d) porque era muy difícil lograrlo en 1974, en especial luego de muerto Perón. La revista “Movimiento” -que expresó a una de sus parcialidades- debió ser cerrada tras un atentado, que destruyó la sede de su redacción. El repliegue a veces cómplice de políticos y sindicalistas peronistas ante el lopezreguismo dificultaba mantener una presencia activa y militante en la política del movimiento. 

Después de “La Plaza”

Volvamos a la crónica: lo sucedido el 1º de mayo y el 12 de junio de 1974 reveló las dificultades que oponían al gobierno de Perón quienes se decían sus partidarios.El 1º de mayo, como medio para combatir a los Montoneros, Perón alabó sin cortapisas a la dirigencia sindical. Apenas cuarenta días después se vio obligado a denunciar a algunos de sus dirigentes, abdicantes y enemigos del Pacto Social. Perón no encontraba (no tenía) intermediarios en su relación con el pueblo. Por eso – y quizá porque conocía la proximidad de su muerte- lo indicó como su único heredero, desautorizando verbalmente a tirios y troyanos.También por eso la muerte de Perón (1º de julio de 1974) significó virtualmente el fin del tercer gobierno peronista y el comienzo de una nueva y trágica etapa.En los dos meses transcurridos desde el 1º de mayo la tendencia pareció congelar su accionar. No produjo hechos políticos resonantes, tal cual era su característica. Como ya dijéramos, ni siquiera participó en el acto del 12 de junio. El 1º de julio terminaría esa parálisis, producto de su ambigüedad. La drástica actitud de Perón los había dejado sin política. Su muerte les brindaba una nueva alternativa. 

Después de Perón

La muerte de Perón paralizó al país generando un sentimiento colectivo de dolor e incertidumbre: variaba la situación política y la correlación de fuerzas. Isabel no podía igualar el poder de Perón. Tras el 1º de julio recuperaron o incrementaron poder diversos actores políticos antes limitados o eclipsados: la dirigencia sindical, el lopezreguismo, el radicalismo, las FF.AA., la tendencia. El discurso de Ricardo Balbín ante el féretro de Perón, a más de simbolizar el fin de la lucha frontal entre radicales y peronistas, reveló la intención de ofrecer un liderazgo sustituto al del presidente muerto. La CGT y López Rega eran por entonces aliados entre sí y apoyos de Isabel. Esa unidad se revelaría efímera. Las FF.AA. esperarían su oportunidad. De todas formas, parecía existir también un acuerdo tácito en otorgar “un tiempo” a Isabel. Rodearla equivalía a consolidar el sistema político.

Los montoneros -a su vez- creyeron posible recuperar su imagen peronista borrando de la memoria de propios y extraños su aislamiento respecto del peronismo. El intento era audaz: mostrarse como los herederos de Perón y no como sus antagonistas. Trataron de minimizar los enfrentamientos y críticas que habían sido su tema principal durante más de un año y se hicieron voceros del dolor y la liturgia peronista. Los principales jefes montoneros asistieron al velatorio del presidente. “La causa peronista” del 9 de julio, cuya tapa aparecía atravesada en negro (símbolo de luto), titulaba: “Los peronistas quedamos solos”2.

Advirtiendo tal vez el clima político imperante, la revista trató con respeto a la propia Isabel. Sus críticas se limitaron a la organización del homenaje a Perón en el que -según su visión- se habría escamoteado al pueblo el contacto con su líder fallecido, lo que no habría sucedido cuando el velorio de Evita.

Otros grupos radicalizados adhirieron al dolor popular sin renegar de sus críticas al accionar gubernamental: así lo hicieron el Peronismo de Base y el MR 173. Los montoneros prefirieron minimizarlas y “recuperar” para sí a la figura del líder. Este intento fracasó, porque ya se habían aislado del peronismo. También de la sociedad, conforme lo revelaría su conducta ulterior. 

La violencia

Es imposible reseñar este período de nuestra historia sin dedicar un apartado al terrorismo que se había enquistado en la práctica política cotidiana. La muerte era un instrumento político más, no demasiado distinto a una solicitada o un acto. Insensiblemente la sociedad se había acostumbrado al ejercicio de la violencia.Los montoneros no renunciaron al terrorismo, Rucci, Coria (22 de marzo de 1974); Mor Roig (15 de julio de 1974) fueron sus víctimas más ilustres. Por otra parte, con la complicidad de algunos sectores del gobierno había comenzado a operar la Triple “A” (Alianza Anticomunista Argentina) cuyo primer hecho “firmado” fue el atentado contra el senador radical Solari Yrigoyen (producido el 21/11/73). La utilización del crimen como herramienta llegó a increíbles niveles de perversión. El asesinato del padre Mugica (11/5/74) fue un buen ejemplo de lo que venimos diciendo. Nadie se atrevió a asumirlo. Es más, distintos sectores se imputaron recíprocamente la culpa. “De Frente” destinaría buena parte de su “homenaje” a la víctima a explicar racionalmente por qué no lo habían matado los montoneros. El artículo acepta la muerte como herramienta; simplemente describe las inconveniencias de su utilización en el caso concreto4. Más racionalmente, Rodolfo Terragno editorializó en “Cuestionario” de junio de 1974: “Mirando el macabro ejercicio de grupos que se arrojan unos a otros el cadáver de Mugica se llega a admitir que alguien pudo matarlo para eso: para tirarle a otro el muerto. Y entonces, si así fuera, habríamos llegado a una frontera, a ese límite donde el crimen deja de ser el resultado de una pasión, donde ya ni siquiera se busca en él un castigo; al que mata no le importa ya quién es la víctima. En ese punto, la vida de un hombre es algo despreciable y su muerte no es para el asesino un fin -aunque sea innoble- sino un mero instrumento, acaso para lograr algo infinitamente menos valioso que una sola vida humana”.

El fuego cruzado se incrementó en progresión geométrica tras la muerte de Perón. Ese mismo mes Montoneros mató a Mor Roig y las tres “A” al diputado peronista de base Rodolfo Ortega Peña.

El 6 de agosto cuatro militantes de la tendencia fueron asesinados en La Plata. A partir de ahí, la lista se ampliaría a diario corriendo pareja con un acostumbramiento social a la muerte.

Atilio López (ex vicegobernador de Córdoba), Julio Troxler (sobreviviente de la matanza de José León Suárez), Silvio Frondizi, el militar chileno Carlos Prats, el hijo de meses del rector de la UBA Raúl Laguzzi, fueron algunas de las más conocidas víctimas de la “Triple A”.

Sindicalistas, militares y policías eran los blancos favoritos de los Montoneros. Sus “operativos” más espectaculares en 1974 fueron el secuestro y posterior devolución del cadáver de Aramburu y la voladura del barco y consiguiente asesinato del comisario Villar (1º de noviembre). Cinco días después, el gobierno decretaría el estado de sitio.

La relación de la “Triple A” con López Rega, era un secreto a voces. La revista “El Caudillo”, sostenida económicamente por el Ministerio de Bienestar Social5, combinaba la perpetua apología de Isabel y “Lopecito” con la consigna “El mejor enemigo es el enemigo muerto” y titulares como “Pedimos la ley marcial” o “Quien le teme a las AAA, por algo será”. “La causa Peronista” no se quedaba atrás.

El gobierno toleraba permanentemente la violación de la legalidad: dejaba operar las bandas armadas de López Rega; exactamente lo contrario de lo que había preconizado Perón6.

Los montoneros, lejos de aprovechar el espacio político que abandonaba un gobierno cada vez más faccioso, preferían combatirlo en ese mismo campo.No es riguroso trazar simetrías: la responsabilidad del gobernante es siempre superior. Pero es innegable que el gobierno de Isabel y los Montoneros al elegir el sectarismo y la violencia iban (en eso juntos) aislándose de la sociedad argentina, cada vez más sorda a sus discursos, más alejada de la práctica política, más aterrorizada y anómica.

La clandestinidad

Pasado el impacto producido por la muerte de Perón, la “tendencia” comenzó una crítica cerrada al gobierno de Isabel. Le negaban su condición de continuadora de Perón. Inclusive la “privarían” de su apellido. “La causa peronista” del 9 de julio de 1974 la llamaba “Isabel”, igual que sus partidarios. Luego se referirían a ella como “Isabel Martínez”; “María Estela Martínez” o “Martínez” a secas7. Quienes presumían ser herederos de Perón, disponían del uso de su apellido.No resultaba difícil criticar al gobierno de Isabel que resultaría cada vez menos defendible. Sí lo era proponer una correcta caracterización del mismo y proponerle una alternativa válida. Para definirlo, la “tendencia” acuñó un simplista neologismo: “el brujovandorismo”; sin advertir que el lopezreguismo y el sindicalismo no eran asimilables. Su unidad era transitoria, como lo revelarían los acontecimientos de junio y julio de 1975.

Para enfrentarlo propuso en forma casi excluyente la búsqueda de su derrocamiento. Atacar despiadadamente al gobierno de Isabel favorecía el golpismo militar: eso pensaban los partidos nacionales de la oposición incluido el radicalismo de Ricardo Balbín quien por primera vez en su historia (pero definitivamente) abandonó el golpismo y apoyó claramente a un gobierno civil que no era comandado por su partido.

También lo entendían así los “Montoneros” quienes preferían un golpe militar a la continuación del gobierno peronista. La justificación de esta postura abrevaba en un análisis pretendidamente “marxista”: la “acentuación de las contradicciones”. El “régimen seudo peronista” podía inducir a error a las masas y dividirlas.Un gobierno militar permitiría “ver más claramente” cuál era el enemigo, lo que facilitaría la polarización de fuerzas y el consiguiente incremento del poder popular, debilitado por la “ambigüedad” peronista. Acelerar las contradicciones equivalía a acelerar la historia, que desembocaría inexorablemente en una victoria popular.

La crítica pertinaz al gobierno de Isabel no era acompañada por ningún hecho de masas. El 6 de septiembre de 1974 los Montoneros hicieron pública su decisión de pasar a la clandestinidad. Fue una medida abrupta, que sorprendió a sus propios militantes. Baste señalar que -menos de un mes antes- Rodolfo Galimberti editorializaba en “La causa peronista”8 indicando la inconveniencia de la guerrilla, “violencia desenganchada de los combates reales del pueblo” (sic), en esa etapa, privilegiando el accionar de masas y “otras formas de luchas legales que el pueblo aún no ha agotado” (sic).

Es difícil evaluar por qué se decía esto en el órgano que “bajaba línea” a las bases y a los pocos días se hacía exactamente lo contrario. ¿Doble mensaje? ¿Ligereza en la toma de decisiones? En todo caso, al pasar a la clandestinidad abandonaban casi totalmente la política de masas que había arrastrado multitudes apenas un año antes. Gillespie opina que Montoneros había perdido su capacidad de convocatoria9: ya no conseguían reclutar militantes ni siquiera para cubrir las bajas que le causaban la represión y la “Triple A”.

Visto en perspectiva histórica, el único indicio que hubiera permitido entrever la decisión era el cada vez más provocativo contenido de “La causa peronista”. Entre agosto y septiembre de 1974, la revista destinó buena parte de sus contenidos a detallados y sádicos relatos de los asesinatos de Alonso, Vandor, Coria y Aramburu10. Es notorio que perseguían el cierre de la revista que ya no les interesaba pero del que deseaban responsabilizar al gobierno. 

¿Qué hacía Isabel?

Isabel comenzaba a perfilar su estilo político: el aislamiento, rodeada de un “bunker” de peronistas anacrónicos. También su proyecto: una suerte de franquismo trasnochado vinculado a los factores de poder: las FF.AA., la Iglesia, los sindicatos y cerrado a toda perspectiva pluralista. Su favoritismo hacia López Rega tornaba (si cabe) aún más peligroso este inviable proyecto. Sin embargo, ni la dirigencia peronista “histórica” ni la cúpula sindical objetaron su política. Antes bien, parecieron ver en ella un medio para recuperar posiciones: comenzaron rápidamente un ataque común a dos bastiones que consideraban enemigos: el Ministerio de Economía y la Universidad.

Proliferaron las críticas al Plan Gelbard, la ley agraria fue duramente criticada desde el oficialismo y aún del sindicalismo, y finalmente no aprobada11. La dirigencia sindical más ligada al Pacto Social iba siendo desplazada por una menos contemporizadora con esa propuesta de Perón: la muerte de Adelino Romero (sucesor de Rucci en la CGT) aceleró ese inevitable proceso.

López Rega y la dirigencia sindical consiguieron rápidamente la caída de la Universidad en manos del senil cazador de brujas Ivanissevich. En octubre lograron la renuncia del equipo Gelbard. La designación de Gómez Morales en su reemplazo revelaba que la CGT todavía tenía más poder que López Rega. Sin embargo, éste seguía avanzando: su influencia sobre Isabel era notoria, su uso de los “fierros” escandaloso y ostensible. Desde el peronismo no surgían respuestas claras ante este nefasto personaje: todos parecían esperar que Isabel lo echara (lo que era absurdo) o -en todo caso- aceptar su poder como “una realidad” supuestamente inmodificable. 

Movimiento Peronista Auténtico

El pase a la clandestinidad de la conducción montonera dejó sin referentes a buena parte de los militantes de la tendencia que se enterarían de la noticia por los diarios. La decisión los dejaría sin política e inermes frente a la represión futura. La polarización y el “macartismo” imperantes dificultaban cualquier tentativa de reinserción.

El último intento serio de política “de superficie” por parte de la tendencia fue la creación del Partido Peronista Auténtico (marzo de 1975).El nombre del partido (rechazado por la Justicia a pedido del peronismo “ortodoxo” y reducido a “Auténtico”) era una nueva prueba del deseo de mantener “la camiseta peronista”. Especulaban con el creciente deterioro del oficialismo, exhibiéndose como los legítimos sucesores de Perón. El intento era vano: sus enfrentamientos con éste estaban demasiado frescos. Sin embargo, el peronismo auténtico consiguió atraer a viejos militantes peronistas quienes buscaban algún medio para combatir la decadencia del movimiento, cuya dinámica les impedía otras formas de participación.

El Partido Auténtico se presentó a elecciones en Misiones el 13 de abril de 1975. Su performance fue desalentadora: obtuvo el 5,6 % de los votos contra el 46 % del peronismo y el 39 % de la UCR. No es de extrañar que sólo siguiera funcionando como “sello de goma” hasta que en la Nochebuena de 1975 fue proscripto por su relación con la Organización Montoneros. 

Hola Rodrigo. Chau Brujo.

El 2 de junio de 1975 Gómez Morales fue reemplazado por Celestino Rodrigo. El recambio ministerial fue un importante avance del poder del “brujo” y un reto a la CGT.

La impopular política de Rodrigo (incompatible con cualquier tradición peronista, aún la más abdicante) y su propuesta de anular los convenios colectivos de trabajo celebrados en junio de 1975, precipitó un enfrentamiento que se venía gestando. La CGT produjo una masiva movilización a Plaza de Mayo, atacando a López Rega y Rodrigo y procurando diferenciarlos de Isabel. Esta no aprovechó el espacio que se le brindaba y optó por apoyar a sus impopulares y nefastos ministros. En un discurso televisado en cadena definió una peculiar visión del movimiento, que sin duda determinó buena parte de su política: atribuyó el regreso del general Perón al esfuerzo suyo (de Isabel) y de un grupo de amigos (obviamente López Rega y sus adláteres).

La rica historia de las luchas peronistas parecía no existir en la memoria de la presidente. Un hecho sin precedentes (una huelga general contra un gobierno peronista) forzó a Isabel a variar su política.En breve lapso, Rodrigo y López Rega debieron renunciar.

Isabel hubiera podido capitalizar el episodio, reconociendo su error y apoyándose en la CGT. Pero prefirió ligar su suerte a la de quienes ella llamaba “sus amigos de siempre”. Se produjo un sensible vacío de poder sobre el que avanzaron la CGT y algunos políticos “históricos” que hasta entonces virtualmente no habían actuado. Isabel pidió una licencia, aduciendo una enfermedad en la que nadie creyó. Políticos considerados confiables por la CGT ocuparon cargos relevantes: Luder fue Presidente provisional, Robledo Ministro de Interior; Cafiero de Economía.La dirigencia sindical reveló prontamente incapacidad para controlar la crisis y ausencia de proyectos. Se saldaba en los hechos una recurrente discusión política de la época: la existencia de un proyecto sindical, habitualmente caracterizado como “la patria metalúrgica”. La realidad demostró que la dirigencia sindical, cuando tuvo poder, reveló carecer de proyecto. Fue relativamente eficaz mientras apoyó a Perón. Tuvo éxito cuando enfrentó y destronó a López  Rega: esa victoria es una prueba de la representatividad que más allá de sus deficiencias o perversiones personales tienen los dirigentes sindicales. Sólo ellos pudieron lograr lo que ya todo el país quería: destronar al brujo. Fue veloz para ocupar los cargos del gobierno. No supo qué hacer con ellos12.

El fracaso de la alianza entre políticos y sindicalistas “históricos” reveló debilidades del peronismo sin Perón. Isabel, quien había reasumido la presidencia el 17 de octubre de 1975, consiguió desplazarlos nuevamente en enero de 1976 y colocar a varios popes de su entorno. Esa lucha entre cúpulas ya carecía de importancia; servía sólo como indicador de las preferencias de la Presidente.

Siendo presidente Luder, se derivó a las FF.AA. la lucha antisubversiva: hemos criticado esa decisión, contraria a la prédica de Perón y que significó en los hechos un “cheque en blanco” para los represores.

En rigor, tras el efímero intento de Luder, Cafiero y Robledo, la política del gobierno consistió en una serie de concesiones a las FF.AA. y al establishment, todas lamentables y algunas francamente ridículas (como un discurso de Isabel alabando a las empresas multinacionales). Su finalidad aparente era mantener como fuera el gobierno. La experiencia revela que no logró su mediocre cometido (¿para qué conservar el gobierno si se hace lo que otros quieren?) y además desfiguró la imagen del peronismo que pareció más el prólogo del proceso que su antagonista.A todo esto la tendencia ya no existía como tal. Apenas se la entreveía en alguna publicación del Partido Auténtico. Sólo operaba el brazo armado. Durante 1975 los Montoneros no protagonizaron movilizaciones ni hechos de masas: el secuestro de los Born, la voladura de un avión militar en Tucumán y el masivo ataque a un cuartel militar a Formosa en el mismo mes (agosto) serían los hechos más espectaculares protagonizados por la organización. Buscaban demostrar la debilidad del gobierno de Isabel y erizar la ya sensibilizada piel militar. Como se dijo: acentuar las contradicciones.

El golpe era inminente. Los montoneros se aprestaban para una nueva etapa. Con pasmosa frivolidad Firmenich calculaba cuántas bajas sufrirían durante la primera etapa de la dictadura militar como prólogo a su ofensiva triunfante.

El 24 de marzo de 1976 se cumplió una parte de la profecía: cayó el tercer gobierno peronista en medio del desánimo y el silencio de propios y extraños.Los principales jefes de la “organización” salieron del país. La mayoría de sus militantes quedó librada a su propia suerte. Muchos fueron presa fácil de las fuerzas represoras. Los cálculos de Firmenich no se vieron confirmados por los hechos: la represión aniquiló no sólo a las organizaciones guerrilleras sino también a buena parte del activismo de base político y social. La “acentuación de las contradicciones” permitió la entronización del proyecto de Martínez de Hoz y el mayor genocidio que haya conocido la Argentina. La victoria popular está hoy más lejana que en 1973. Hablar de victoria montonera suena a burla. 

¿Isabel era Perón?

Lo que venimos diciendo prefigura nuestra respuesta a una polémica esencial: ¿Existió realmente una ruptura entre el gobierno de Perón y el de Isabel o, por el contrario, hubo apenas una exacerbación de sus características? Describamos someramente los principales datos: 1) las candidaturas de Cámpora, Lima e Isabel fueron decididas por Perón. 2) López Rega no fue inventado por Isabel sino por Perón quien lo hizo Ministro y le confirió importante cuota de poder. 3) Perón alabó a la dirigencia sindical, pero también la cuestionó el 12 de junio. Frenó su poder más de lo que lo impulsó. El Pacto Social era una iniciativa suya aceptada (a menudo a disgusto) por la dirigencia sindical. El plan Gelbard no respondía a la visión de los sindicalistas sino de Perón. 4) La violencia de derecha y las AAA comenzaron a operar en vida de Perón. Pero su accionar fue casi mínimo en comparación a lo que sería luego. 5) La tendencia fue combatida políticamente por Perón pero durante su gobierno operaba en superficie, organizaba actos, publicaba un diario y una revista. 6) La Universidad fue confiada a la tendencia y luego -para desplazarla- al moderado Vicente Solano Lima. El ataque de Ivanissevich fue decidido por Isabel. 7) Perón se negó sistemáticamente a involucrar a las FF.AA. en la lucha antisubversiva. 8) La relación con el radicalismo propiciada por Perón desde 1972 fue abortada por Isabel.La conclusión surge sola: hubo una evidente ruptura tras la muerte de Perón13. Isabel echó por la borda el proyecto de democracia integrada, el diálogo con el radicalismo y el Pacto Social, ejes del tercer gobierno de Perón. Al hacerlo desató fuerzas existentes en el seno del movimiento (López Rega, CGT) que Perón había contenido.Isabel y López Rega no fueron Perón. Pero al morir éste quedaron, objetivamente -si no con su “herencia”- con buena parte de su patrimonio político. Claro que Perón no eligió cuándo morir: no era Dios. Si hubiera muerto uno o dos años antes su poder quizá hubiera derivado a otras manos, seguramente cercanas a la tendencia14.

Esta explicación permite precisar aún más nuestra respuesta: si bien Perón no quiso el proyecto de Isabel, el riesgo de que éste prosperase estaba implícito en su política. Su técnica de contrapesar una fuerza interna con otra de signo opuesto (tan contradictoria con su último discurso político) conllevaba el riesgo de beneficiar a su favorito de turno. Si hubiera muerto en 1973, hubieran sido los Montoneros. Como murió en julio de 1974 fueron Isabel, el Brujo y sus acólitos.La frase “mi único heredero es el pueblo” fue un intento necesario pero insuficiente para evitar ese resultado. Existió una contradicción entre la propuesta de Perón y su estilo de conducción que produjo las consecuencias ya analizadas.

Debe tenerse en cuenta -en su descargo- el grado de radicalización y la brevedad de su tercer período de gobierno que evidentemente dificultaron posibilidades de cambio y la toma de decisiones. 

Epílogo

Esta nota pretende describir lo sucedido hasta el 24 de marzo de 1976, lo que no se logrará sin una mención a los años posteriores.

Montoneros seguiría -ahora no sólo por decisión propia sino por imperio de las circunstancias- actuando sólo como organización armada. La militarización de sus cuadros avanzó hasta llegar al uso habitual de uniformes, insignias y grados (por supuesto que fuera del “campo de batalla”). El grupo político que pretendió cambiar hasta el lenguaje en la vida política argentina abandonó el tuteo y el tono coloquial optando por el trato de “usted” y el uso de jerarquías militares. Bonasso describe con credibilidad un “juicio” cuyas formas y discursos hubieran sido inimaginables en 197315. El comandante Firmenich comenzó a lucir uniforme en sus apariciones públicas en el extranjero. La militarización aceleró un desgastante y disgregante debate interno del cual son cabales testimonios el mencionado libro de Bonasso y los informes de Rodolfo Walsh publicados ya en UNIDOS. La “organización” en el exilio se dividió en múltiples facciones. Las discusiones ideológicas y metodológicas generaron numerosas deserciones.Mientras militantes o adherentes a la tendencia eran diezmados como otros miles de argentinos, Firmenich, de uniforme, se dejaba fotografiar en Nicaragua. Al tiempo les aconsejaba llevar consigo una cápsula de cianuro para suicidarse antes de ser atrapados.Un buen día, el “comandante” dialogó con Massera, quien no desdeñaba a nadie a la hora de buscar consolidar su horizonte político.

En 1979, Montoneros anunció una firme “contraofensiva” que simplemente consistió en operativos armados esporádicos pero de mayor envergadura que los realizados desde la asunción del gobierno militar.

La guerrilla demostró así su subsistencia pero también sus grandes limitaciones. El lenguaje (“contraofensiva”, “incremento de la resistencia a la dictadura”) reflejaba una mentalidad repetitiva. Se buscaba reeditar el éxito de 1970/1973, sin advertir cuánto habían cambiado las circunstancias. Ya no existía una política, sino un ritual de la violencia. Se vivía en el pasado. El anacronismo de “izquierda” es tan nocivo como el de la derecha peronista.

Aclaramos que no existía una política (salvo la repetición foquista) en la Argentina, pero sí una internacional. Gracias a las trasmisiones “en cadena” típicas del periodismo del “Proceso” pudimos ver las fotos de Firmenich y Vaca Narvaja con Olof Palme, con Yasser Arafat, o en las calles de la liberada Nicaragua. También su intento de integrarse a la Internacional Socialista (la Segunda y no la Cuarta). El “proceso” quería indicarnos a los responsables de la presunta “campaña antiargentina”. No nos tragamos esa imbecilidad que aceptan aún hoy muchos argentinos. De todas formas, esos hechos revelan una política que objetivamente no afectaba en nada al poder de la dictadura militar ni podía ser conocida por el pueblo (con lo que el foquismo perdía uno de sus componentes fundamentales: ya no era “la propaganda armada” sino un fin en sí mismo). Su única finalidad imaginable era la búsqueda de una proyección internacional, único (y último) campo disponible a los grupos políticos minoritarios y sin consenso. 

Montoneros Sociedad Anónima

Los recursos obtenidos en los secuestros, el establecimiento de conducciones (en el Movimiento Peronista Montonero, el Ejército Montonero y el Partido Montonero) compuestas predominantemente por exiliados, la destrucción de las instancias organizativas en la Argentina, el abandono de sus componentes a su suerte, las divisiones internas de 197916, fueron hechos que agudizaron una visión empresarial: las voluntades y los cargos se pueden comprar.

El pasaje de “formación especial” a “corporación económica” justifica que la sociedad haya dado la espalda a este proyecto.Montoneros intentó sobrevivir merced a la posesión y utilización de dinero y no a constituir una fuerza orgánica. Ese cambio explica vaivenes y espúreas negociaciones. Tal la de intentar promover nuevamente el Partido Auténtico “moviendo” a dos históricos (Bidegain y Obregón Cano) mientras el Comandante esperaba los resultados de la “partida” en Brasil. No desdeñarían luego intentar aliarse con Herminio y Lorenzo. La lógica es una sola: repetir el pasado. Por un cargo se podría negociar hasta con López Rega.Esta “empresa” política pretende ser el hilo conductor del peronismo de los últimos quince años. Cuando hasta los militantes del ERP intentan su autocrítica respecto del accionar armado contra el gobierno peronista17, los Montoneros asumen apenas haber cometido “algunos errores” según un documento publicado a principios de 1984.

Es impensable que -desde esta ceguera- pueda reconstruirse un poder popular organizado. Montoneros es más bien una rémora del pasado. Es un “marca” agotada.

CONCLUSIONES

1) El fenómeno montonero -como cualquier hecho histórico- debe abordarse ubicándoselo en tiempo y lugar. En la década del '70 la guerrilla urbana era percibida y valorada como una alternativa viable para acceder al poder o para cuestionar su legitimidad.Montoneros surgió cuando en América Latina existía una visión apologética de la violencia y la revolución. Esto se debe, según la correcta apreciación de Peter Waldmann: a) a la existencia de grupos juveniles que aspiran a un orden social más justo; b) a la memoria de una experiencia histórica que juzgan positiva abortada por la fuerza (en nuestro caso, el peronismo) y c) a que el orden político excluya toda posibilidad de ser transformado pacíficamente18.

2) La violencia imperó en la Argentina antes y después del apogeo de Montoneros. Estos no la generaron (existió desde los albores de nuestra historia, se exacerbó desde 195519) ni la monopolizaron: hubo otros grupos guerrilleros peronistas (FAP, Descamisados, antes Uturuncos) y no peronistas (ERP, FAR, FAL), lo que revela un fermento histórico. También hubo, en el propio peronismo, violencia de derecha y paraestatal. Los montoneros no fueron, pues, los violentos que alteraron la Arcadia argentina, sino un grupo más de los muchos que combatieron a muerte en un país sin reglas de juego.

3) La violencia montanera anterior a 1973 debe diferenciarse de la posterior. La lucha contra una dictadura militar es justificable: implica resistencia a la opresión. Desde luego, deben reprobarse los crímenes pero no el hecho mismo de la resistencia. La amnistía otorgada por el Congreso Nacional en 1973 fue un reconocimiento a esa circunstancia. La prosecución de la lucha armada después de la asunción del gobierno popular careció de todo justificativo, debilitó al gobierno y radicalizó para mal la vida política argentina. Además privó de justificación a la ley de amnistía.

4) Lo que diferenció a Montoneros de otros grupos guerrilleros fue su capacidad de convocatoria para actividades de superficie. Su aptitud movilizadora fue muy superior a la de cualquier otro grupo juvenil (guerrillero o no, peronista o no peronista).Su respuesta atraía porque combinaba “el poder del fusil” con la práctica social, con el activismo de base y -sobre todo- con un movimiento mayoritario de base trabajadora. Por eso el “montonerismo” tiñó la campaña del ´73 y concitó la adhesión de miles de militantes y adherentes. Este atractivo era aún mayor si se lo coteja con la nula capacidad de convocatoria y movilización que caracterizaba al resto del aparato político y sindical del peronismo. Poder de convocatoria sólo tenía Perón y la tendencia.

5) El repudio a la conducción montonera no debe proyectarse mecánicamente a los adherentes y militantes de la tendencia. Estos, por cierto, no fueron críticos de la violencia pero esa era una falla común a casi toda la sociedad argentina. Debe valorizarse su voluntad de cambio, espíritu de sacrificio y vocación de acompañar al movimiento popular. Identificar a toda la tendencia solo con la muerte (como lo hace Pablo Giussani) implica olvidar a los miles de manifestantes que “llenaron las calles” cantando; a los activistas que intentaron realizar trabajos comunitarios; a todos los que soñaban con un cambio social ligado a una práctica política de base.Una visión matizada del fenómeno exige diferenciar entre la actitud elitista, militarista y facciosa que fueron asumiendo los jefes y el voluntarismo de los adherentes. Hay que ser muy soberbio o no haberse equivocado nunca20 para condenar a estos últimos. Además debe recordarse que el aparato militar montonero fue siempre minoritario: la mayoría de sus adherentes y militantes habrá elogiado la violencia (actitud por cierto criticable) pero nunca la practicó. Olvidar ese dato es escribir la historia en términos de blanco y negro.

6) La política de la conducción montonera es irrescatable. En 1973 Montoneros combinaba su mística de resistencia a la opresión con la crítica a los dos imperialismos, la recusación de la dependencia y la propuesta de cambio revolucionario. Esa mezcla, coincidente en buena medida con el discurso de Perón, los hizo referentes de miles de jóvenes. Pudieron desde esa base, ser la “izquierda posible” de Perón; prefirieron combatirlo. Desde 1972 a 1973 crecieron explosivamente en número de militantes y adherentes. Pasaron a ser -de una célula terrorista- una organización de masas. Esta conjunción político-militar era difícil de mantener: optaron por lo militar. La elección fue, obviamente, lamentable y revela el verdadero sustrato de la ideología montonera.

7) El “modelo” montonero fue producto de una circunstancia histórica y es -por ello- irrepetible. Sería trágica la búsqueda de la reiteración de un sangriento fracaso. No es tampoco sensato hablar de un alto nivel de conciencia en el '73 recusando -por implicancia- el existente hoy. La conciencia es un producto histórico y muda con las circunstancias. Es cierto que en el 73 había un nivel de participación muy alto y un grado más elaborado de crítica al “sistema” y a la dependencia que en nuestros días. Pero es también real que lo acompañaba un voluntarismo político excesivo y una pobre lectura de la relación de fuerzas. Entre Lanusse y Videla no mediaron ni tres años: en ellos se habló de “socialismo”, de “revolución”... y ni siquiera se pudo consolidar el poder gubernamental. El nivel de “ideologización” llevó a la elaboración de absurdos planteos que no fueron -para nada- patrimonio exclusivo de la tendencia. Recuérdese que Guardia de Hierro sindicaba a Isabel como agente de la CIA y meses después fue uno de sus principales apoyos; que su conducción vió en Massera a la continuación de Perón. Recuérdese que el Encuadramiento recién retiró su apoyo a López Rega cuando éste enfrentó a la CGT (varios de sus militantes pagaron con sus vidas el viraje) y que algunos de ellos después del golpe de Estado aplaudieron a Videla como continuidad de “la Nación”. Recuérdese a “El Caudillo”…

8) No es justo rescatar a los Montoneros argumentando que fueron los únicos opositores a la dictadura militar y olvidando su nefasta conducta durante el gobierno popular. Desestabilizaron hasta el límite al gobierno peronista. No se desarmaron ni un instante. No le dieron a Perón un día de tregua. Mataron a Rucci.

¿Cómo justificar que -años después- negociaran con Massera? ¿Cómo justificarlos cuando vemos hoy a Firmenich, “roscando” alegremente con Saadi, Lorenzo y Herminio? ¿Merecen estos personajes más oportunidades que Perón?

9) Los montoneros fueron corresponsables pero no los únicos culpables de fracaso del tercer gobierno peronista, que arrastraba muchas otras lacras. Si han sido menos explicadas en estas notas fue por el carácter relativamente acotado del tema y no por nuestra vocación por ignorarlas.

Pero es imposible olvidar que derramaron mucha sangre; que impulsaron a la muerte a militantes nobles, aunque ingenuos, y que eso sólo sirvió para crear un ejército -no tan distinto al que asoló al país-, cuyo comandante -que desafió a Perón- se sentó a dialogar con Massera y hoy negocia con Herminio y Saadi.  

NOTAS:

1 La actitud de la tendencia fue simétrica. Sus órganos de prensa ignoraron la ruptura. Internamente (según cable de Telam publicado en “La Razón”, febrero de 1974) caracterizó a los que se iban como “cobardes, peronistas nuevos, pequeño-burgueses universitarios, provenientes de núcleos internos no integrados correctamente (ex FAP)” (sic). La revista “De Frente” (órgano del Peronismo de Base que sustituyó a “Militancia” que había sido clausurada) desarrolló en su Nº 7 del 20/6/74 (pág. 20) una visión similar. Habló del “oportunismo sin control” de los militantes de la Lealtad, quienes “esperan premio” y “quieren cargos y manija... en la Universidad”.

2 Con menos grandilocuencia “Crónica” reprodujo fielmente lo que dijeron todos los argentinos. Tituló, simplemente, “MURIÓ”.

3 “De Frente” dedicó un extenso número de homenaje a Perón, el 9 de julio, pero no amenguó ni varió el tono crítico que había utilizado desde el 25 de mayo del 73. El rescate de Perón se refería a su pasado, a lo que llamaban “memoria del pueblo”.El “MR 17”, a través de su periódico “En lucha”, dé julio de 1974, también homenajeaba al líder muerto pero criticando a la vez su último gobierno y previniendo contra el peligro de un futuro golpe militar. El resto del periodismo argentino “lloró” a Perón. Sólo “La Prensa” mantuvo irreductible su odio revelando ser gorila, pero -al menos- coherente.

4 “De Frente” Nº 3 (pág. 5 a 7). Se habla de una muerte “inútil” implicando que otras no lo son.

5 En “El Caudillo” había sólo, pero abundantemente, propaganda oficial. Un muestreo de ejemplares de fines de 1974 y 1975 exhibe los siguientes avisadores: Caja de Ahorro; Banco Nacional de Desarrollo; Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires; 62 Organizaciones; Unión Obrera Metalúrgica; Gobierno de Córdoba; Banco de la Ciudad de Buenos Aires. El Ministerio de Bienestar Social publicaba varios avisos por número.

6 En su momento Perón había señalado que Villar no era peronista. No lo había elegido por eso sino por su capacidad para la represión. Otra era la visión del Comando de Organización y de “El Caudillo” quienes lloraron su muerte como la de un peronista (“El Caudillo”, del 8/11/74, tituló: “Compañero Villar ¡Presente!”). Para la ultraderecha peronista la identidad no pasaba por la adhesión a un proyecto o a una política: eran peronistas los que perseguían a sus enemigos.

7 “El Auténtico”, del 12 de noviembre de 1975, la llama “María Estela Martínez”. El del 23 de diciembre, la bautiza “María Martínez” (pág. 2).

8 Nº 7, pág. 2 y 3, “¿Llegó la hora de la guerrilla?”.

9 Gillespie, Richard: “Soldiers of Perón”.

10 Es significativa la diferencia de discurso entre “El Descamisado”, publicado inmediatamente después de la muerte de Coria (26/3/75, Nº 45), y el posterior que retoma el hecho. En el primero no se asume el crimen, aunque se dedica el artículo a justificarlo. En el segundo, lo fundamental no es avalar el asesinato sino describirlo minuciosamente. Se privilegia el puro relato de la violencia sobre la reflexión política.

11 Ver reportaje a Horacio Giberti, en “Unidos” Nº 6, pág. 96/105, “El agro y los dueños de la tierra”.

12 Para más detalles ver en “Unidos” Nº 1 (pág. 20/32) “El rodrigazo”, por Mario Wainfeld.

13 Concuerdan con esta visión, desde ópticas ideológicas bien diversas: a) Liliana De Riz (“Retorno y derrumbe”, Edit. Folios, pág. 116); b) Rodolfo Walsh (citado en “Rodolfo Walsh y la prensa clandestina” de Horacio Verbitsky, Colección “El periodista”, pág. 16) y c) Guido di Tella (“Perón-Perón 1973/1976”, Ed. Sudamericana).

14 Di Tella (Op. Cit., pág. 327) se plantea con “cierto horror” la hipótesis de un Perón muerto en el exilio manteniendo una relación ambigua, pero cierta, con los grupos guerrilleros.

15 Bonasso, Miguel: “Recuerdo de la muerte”, Ed. Bruguera, pág. 217 y ss. Se trata del juicio y posterior degradación del “mayor” Tulio Valenzuela. En páginas anteriores, Bonasso transcribe una sorprendente carta de “militar a militar” que el oficial montonero Valenzuela cursara al General Galtieri.

16 El excelente texto de Bonasso ya citado (esp. pág. 405) refleja la decadencia de la organización.

17 Documento citado en “El Porteño”, Nº 40, pág. 15, abril de 1985.

18 Waldmann, Peter: “Ensayos sobre política y sociedad en América Latina”, Ed. Alfa, pág. 172/178.

19 A la violencia desatada desde el 16 de junio de 1955 nos hemos referido en la primera parte de esta nota (UNIDOS Nº 2, pág. 67/69), a la que remitimos.

20 No es el caso de Giussani quien fue Secretario de Redacción de “Noticias”, años antes de escribir su simplista “Montoneros. La Soberbia Armada” (Ed. Sudamericana, Planeta, 1984).

 

 
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